El fútbol habla a través de las tribunas. Ahí está el individuo, con su peligrosa emocionalidad, escondiendo frustraciones y deseos que arrastra quién sabe desde cuando, quién sabe de qué tamaño. Y también está la comunidad, que se expresa en cantos corales, una maraña a la que hay que escuchar porque nos cuenta sordos latidos sociales. Pero esta semana el fútbol delegó su palabra en su autoridad máxima: el presidente de la FIFA. Lo hizo nada menos que ante el Consejo de Europa y dejó esta perla: “Tenemos que dar esperanzas a los africanos, para que no tengan que morir en el Mediterráneo en busca de una vida mejor”. Todo para justificar un que haga más rico al organismo que preside. La desfachatez fue tan denunciada que dieron ganas de darle un consejo: dado que el fútbol habla por sí mismo, no vuelva a interrumpirlo.