El partido fue un espanto glorioso, un catecismo de miserias, un canto a la fealdad, si se quiere (por dar una pincelada de luz entre tanta negrura) bien entendida. Porque a estas alturas de la película, a los Lakers solo les vale ir sacando partidos adelante. Rebañar por donde puedan, en cuanto el calendario les da tregua. Ir salvando los muebles y, al menos, asegurar la plaza de play in. Es triste, pero es lo que hay. No hay otro objetivo. Eso, que la rodilla de LeBron James vuelva a su sitio (sigue de baja), que suceda un milagro improbable en la semana que queda con el mercado de invierno abierto y que el equipo pueda jugar con LeBron y Anthony Davis juntos unos cuantos partidos. Algo que parece imposible en la última temporada y media. No hay más, pero sí hay menos. Así que lo que vale es ganar partidos. Como sea.