Solo dos tipos de persona son capaces de negar la evidencia una y mil veces con tal de que la vida siga inalterada a pesar de haberla cagado estrepitosamente: los infieles y los árbitros. La máxima para los primeros aconseja desmentirlo ad infinitum caiga quien caiga. Para los segundos, la ilusión de infalibilidad, reforzada hoy por la pseudociencia del VAR, sostiene todavía la frágil magia del juego. Si un trencilla la pifia, el error no puede desvelar en ningún caso que es humano y víctima como cualquier mortal de los fallos que acechan algo tan delicado como la reputación personal. Funciona igual que la Santísima Trinidad, aunque en este caso sean cuatro, si contamos al que señala los cambios. Por eso fue tan extraordinario lo que sucedió el pasado lunes al final del Milan-Spezia.