Lo tuvo el Atleti
Y al terminar el partido ese Atleeeti, Atleeeti aguijoneaba el silencio. Un grito al cielo del Metropolitano. Un grito dedicado a esos 18 valientes frente a la grada. Rotos, entre lágrimas. Varios minutos después de haber terminado el partido no se habían podido marchar. Había perdido su equipo, el Atleti, y sin embargo nadie allí se sentía perdedor. Hay partidos que cuesta mucho escribirlos. Partidos como éste, que sólo se pueden empezar a contar por el final. Cuando el brillo es ceniza. Cuando ves a Guardiola acabarlo con los puños en alto, abrazado al cerocerismo y al 1-0 de la ida como billete a la semifinal. Pero el Atleti despertó tarde. Cuando a estos cuartos ya sólo le quedaban cuarenta y cinco minutos. Cuarenta y cinco minutos que llenó de ocasiones, de uys. Cuarenta y cinco minutos de taquicardia en el pecho, de rezar en voz alta con esa palabra, Atleti. Y las ocasiones se sucedían mientras los futbolistas del City caían al suelo como bolos, en esa vieja treta del fútbol de la prehistoria hasta ahora: perder tiempo cuando se gana. Sí. Hasta Guardiola.


